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¿Quién es Bjorn Lomborg?
El hombre que deprime a los ecologistas
POR THOMAS J.
BRAY
Martes, 19 de Febrero de 2002.
Traducido para Rebelión digital por J.S.M.
¿Quién es éste Bjorn Lomborg, y por qué está todo el mundo tan furioso
con él?
No,
el señor Lomborg no es otro esquiador escandinavo de campo a través. Es
un profesor de estadísticas de 36 años del departamento de ciencia
política de la Universidad de Aarhus de Dinamarca. Y el movimiento
ecologista está furioso con él porque ha tenido el atrevimiento de decir
lo que las frías y duras estadísticas le decían: que el planeta Tierra,
lejos de estar atrapado en una espiral de muerte del medio ambiente,
parece estar sorprendentemente bien, muchas gracias.
No
es lo que el profesor Lomborg, que se define como un antiguo miembro de
Greenpeace, esperaba encontrar. Pero en la recopilación de información
con la que esperaba refutar a los optimistas medioambientales tales como
el difunto Julian Simon, se encontró forzado a ponerse del lado alegre.
El resultado es “El ecologista escéptico: Midiendo el estado real del
mundo”, que fue publicado en danés en 1998 y después reeditado en inglés
el pasado año por Cambridge University Press.
La
versión en rústica de 515 páginas, completada con 2390 notas a pie de
página y 69 páginas de bibliografía, recibió reseñas respetuosas, e
incluso elogiosas en muchos ámbitos, incluyendo “The economist”, “The
Wall Street Journal” y “The Washington Post”. Ha subido hasta lo más
alto de la lista de libros más vendidos sobre temas medioambientales.
Los alarmados activistas de la comunidad científica y ecologista,
ansiosos por cortar de raíz esta herejía e incapaces de ignorarla por
más tiempo, están movilizándose para desacreditar al advenedizo danés.
Organizaciones ecologistas como la “World Wildlife Federation” y el
“World Resources Institute” enviaron a la prensa artículos advirtiendo a
los potenciales lectores de los males del libro del Sr. Lomborg. Al
menos cuatro destacados académicos, profundamente relacionados con el
activismo ecologista fueron invitados a escribir artículos denunciándole
y denigrando sus credenciales, en la prestigiosa revista Nature del
pasado noviembre. “Scientific American” dedicó un extra de 11 páginas de
su número de julio para atacar las tesis de Lomborg.
Y
por si fuera poco,
cuando el señor Lomborg se ofreció a debatir sus tesis en la Universidad
de Oxford, un investigador del “calentamiento global” le lanzó un pastel
de crema a la cara.
La
señora protesta
demasiado, a mi parecer. La ferocidad de la campaña anti-Lomborg está
haciendo que muchos se pregunten si el señor Lomborg no habrá puesto el
dedo en la llaga. También ha provocado que algunas destacadas figuras y
publicaciones acudan en su defensa, aunque sólo sea por mencionar
uno,
un antiguo editor de “Nature”, Stephen Budiansky expuso que los ataques
“ilustran la desafortunada tendencia de algunos ecologistas, cuando,
cuestionada con objeciones bien razonadas la validez científica de sus
alarmantes demandas sobre la situación del planeta, responden con
tácticas de desvío como contar el número de citas a pie de página por
sus críticos, despreciar sus credenciales y tergiversar sus opiniones,
en resumen, cualquier cosa salvo rebatir honradamente las pruebas”
No
es que las ideas del señor Lomborg no puedan ser discutibles. Quizás el
nivel de los océanos inunde Nueva York, a pesar del descubrimiento de
que el hielo de la Antártida en algunas zonas está aumentando en vez
de derritiéndose. Quizás la infamemente errónea predicción del año 1968 de Paul Ehrlich, de la hambruna generalizada para los años setenta y
ochenta, simplemente iba con adelanto, especialmente si, como un anti-Lomborgiano
predice, la población mundial crecerá hasta 40.000 millones de personas
al final del siglo. (La mayoría de los analistas pronostican una
cantidad cercana a 9.000 millones). Y quizás el profesor Lomborg no da
suficiente crédito a las políticas gubernamentales por las mejoras que
él percibe, aunque cite datos convincentes acerca de que el aire y el
agua estaban limpiándose significativamente incluso antes de que Richard
Nixon inventara la Agencia de Protección Medioambiental.
“El ecologista escéptico” hace una poderosa argumentación sobre que las
pruebas de que se impidan catástrofes es mucho menos fuerte de lo que el
imperio ambiental - que está creciendo mucho con las subvenciones por el
calentamiento global y las lucrativas campañas de recogida de fondos de
los gobiernos para salvar a las lechuzas- a menudo aparenta.
Si
las tácticas de meter miedo del imperio, inducen a la sociedad a gastar
muchos de sus recursos en “problemas” que resultan no ser problemas,
tendremos menos recursos para luchar contra los verdaderos problemas que
surjan.
El
último recurso de los críticos es afirmar que el señor Lomborg no tiene
credenciales en el mundo de la ciencia medioambiental. Bastante cierto,
como el mismo admite en su libro. Pero las evidencias que él cita
provienen casi exclusivamente de fuentes convencionales usadas por los
propios ecologistas. Y en ocasiones llevan a alguien ajeno a ver lo
obvio, que “el rey va desnudo”.
El
verdadero delito de este danés, en resumen, es no ser suficientemente
melancólico. Por honestidad intelectual, algunos de los más severos
críticos del profesor Lomborg deberían ser más cautos antes de lanzar la
primera piedra.
En 1989, el entusiasta del calentamiento global Stephen Schneider, uno
de los atacantes contra Lomborg en “Scientific American”, confesó
“Nosotros no somos sólo científicos sino seres humanos también.
Y como la mayoría de la gente nos gustaría que el mundo fuera un lugar
mejor. Para hacerlo, necesitamos conseguir un apoyo sólido,
para entusiasmar a la opinión pública. Eso, por supuesto, implica
conseguir una gran cobertura en los medios de comunicación. Así que
tenemos que ofrecer perspectivas de terror, hacer simplificaciones,
afirmaciones dramáticas, y hacer poca mención de las dudas que podamos
tener… Cada uno de nosotros tiene que decidir cual es el equilibrio
correcto entre ser efectivo y ser honesto.”
Incluso, aparentemente, si ello significa intentar suprimir el debate
honesto sobre justificados asuntos científicos.
El señor Bray es columnista en el “Detroit News”. Su columna en el
OpinionJournal.com aparece los martes.
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FROM THE HEARTLAND
Who Is Bjorn Lomborg?
The man who gives greens the blues.
BY
THOMAS J. BRAY
Tuesday, February 19, 2002 12:01 a.m. EST
Who is this Bjorn Lomborg, and why is everybody so
mad at him?
No, Mr. Lomborg is not another Scandinavian
cross-country skier. He is a 36-year-old associate professor of
statistics in the political science department of Denmark's University
of Aarhus. And the green movement
is furious at him because he had the audacity to say what the cold, hard
statistics told him: that planet Earth, far from being locked in an
environmental death spiral, appears to be doing surprisingly well, thank
you very much.
It's not what Prof. Lomborg, who describes himself
as a former Greenpeace member, expected to find. But in gathering
information with which he hoped to refute environmental optimists such
as the late Julian Simon, he found himself forced to take the sunny
side. The result is "The Skeptical Environmentalist: Measuring the Real
State of the World," which was initially published in Danish in 1998 and
then republished in English last year by Cambridge University Press.
The 515-page paperback version, complete with
2,930 footnotes and a 69-page bibliography, received respectful, indeed
glowing, reviews in many quarters, including The Economist, The Wall
Street Journal and the Washington Post. It has risen to the top of the
bestseller list for environmental subjects. Alarmed activists in the
scientific and environmental community, eager to nip this heresy in the
bud and unable any longer to ignore him, are mobilizing to discredit the
Danish upstart.
Green organizations like the World Wildlife
Federation and World Resources Institute sent out press releases warning
potential reviewers about the evils of Mr. Lomborg's book. No fewer than
four prominent academics who have been deeply involved in environmental
activism were invited to pen articles denouncing him and belittling his
credentials in prestigious Nature magazine last November. Scientific
American devoted an extraordinary 11 pages of its January issue to
attacking the Lomborg thesis.
And just for good measure, when Mr. Lomborg showed
up to debate his thesis at Oxford University, a "global warming"
researcher threw a cream pie in his face.
The lady doth
protest too much, methinks. The savagery of the anti-Lomborg campaign is
causing many to wonder if Mr. Lomborg hasn't struck a legitimate nerve.
It has also prompted some prominent figures and publications to rally to
his defense--if only to point out, as a former Nature editor, Stephen
Budiansky, put it, that the attacks "exemplify the unfortunate tendency
of some environmental activists, when challenged with well-founded
objections to the scientific validity of their alarmist claims about the
state of the planet, to respond with such diversionary tactics as
counting
the number of footnotes cited by their critics, disparaging their
credentials and misinterpreting their views--everything, in short, but
dealing honestly with the evidence."
Not that Mr. Lomborg's ideas aren't debatable. Maybe ocean levels really
will inundate New York, despite the recent finding that Antarctic ice is
thickening in places rather than melting. Maybe Paul Ehrlich's
infamously wrong 1968 prediction of mass starvation in the 1970s and
'80s was just ahead of its time, especially if, as one anti-Lomborgian
predicts, the world population rises to 40 billion by the end of the
century. (Most analysts forecast something closer to nine billion.) And
maybe Prof. Lomborg doesn't give enough credit to governmental policies
for the improvements he discerns--though he cites persuasive data that
the air and water were getting significantly cleaner even before Richard
Nixon invented the Environmental Protection Agency.
"The Skeptical Environmentalist" makes a powerful case that the evidence
of impending catastrophe is a lot less robust than the enviro
empire--waxing fat on government global warming grants and lucrative
fund-raising campaigns to save the owls--often pretends. If the empire's
scare tactics induce society to waste a lot of resources on "problems"
that turn out not to be problems, we will have fewer resources to deal
with real problems as they arise.
The last resort of the critics is to assert that Mr. Lomborg has no
credentials in environmental science. True enough, as he himself admits
in his book. But the evidence he cites comes almost exclusively from
conventional sources used by the enviros themselves. And sometimes it
takes an outsider to point out when the emperor is wearing no clothes.
The real crime of this Dane, in short, is not to be melancholy enough.
As for intellectual honesty, some of Prof. Lomborg's severest critics
might be wary of casting the first stone. In 1989, global-warming
enthusiast Stephen Schneider, one of the anti-Lomborg attackers in
Scientific American, confessed "[We] are not just scientists but human
beings as well. And like most people we'd like to see the world a better
place. To do that we need to get some broad-based support, to capture
the public's imagination. That, of course, entails getting loads of
media coverage. So we have to offer up scary scenarios, make simplified,
dramatic statements, and make little mention of any doubts we might
have. . . . Each of us has to decide what the right balance is between
being effective and being honest."
Even, apparently, if it means attempting to suppress honest debate about
legitimate scientific issues.
Mr. Bray is a staff columnist at the Detroit News. His
OpinionJournal.com column appears Tuesdays.


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